Puedo conectarme con Todo y Todos…

Cuando de verdad escuchas a alguien, cuando de verdad escuchas su perspectiva, su punto de vista, las palabras que expresan su experiencia de la vida, su relato sobre lo que ha percibido en su mundo, siempre puedes descubrir alguna verdad en lo que dice, por muy provocadoras, intimidatorias, extrañas, extremas o absurdas que parezcan sus opiniones en un principio. No significa que estés de acuerdo con ellas. No significa que apruebes su comportamiento. No significa que ese alguien sea ahora tu mejor amigo y que salgáis los dos juntos a tomar cervezas cada fin de semana. Significa simplemente que encuentras un atisbo de verdad en lo que dice, y eso, en el momento, es el final del conflicto psicológico. Nunca he conocido a nadie con quien no pudiera encontrarme en algún nivel, por muy en desacuerdo que estuviera con lo que esa persona decía, por mucho que su intención fuera destruirme (al personaje del relato de «mí»).
Cuando reconozco quién soy realmente, veo que no hay pensamiento, sentimiento ni emoción que sean ajenos a mí en el nivel más profundo, así como no hay ola que sea ajena al océano; y por eso siempre hay un lugar donde conectar, incluso con aquellos que parecen estar totalmente fuera de nuestro alcance. Como dice Ken Wilber: «Nadie es capaz de producir el cien por cien de errores; nadie es lo bastante listo como para equivocarse todo el tiempo». No hay ningún pensamiento que puedas tener que yo no pueda. No hay nada que puedas sentir que yo no pueda. Fundamentalmente, no eres distinto de mí; no es posible. La totalidad de la consciencia humana pasa por nosotros, así que siempre podemos encontrarnos en algún lugar, aunque se tarde un rato en dar con él.
Mira, de una manera muy misteriosa, tus pensamientos son mis pensamientos; tus sentimientos son mis sentimientos. Cualquier pensamiento y cualquier sentimiento forman parte del río de la consciencia humana que fluye a través del espacio abierto que soy, que eres. Por eso, ningún aspecto de la consciencia humana es inalcanzable, ajeno ni inhumano. Si eres un ser humano, puedo conectar contigo en algún lugar, incluso aunque cueste en un principio dar con ese lugar de encuentro donde podamos conectar, ese lugar donde ya no estemos en guerra. Incluso aunque suponga tener que acceder a partes de mí mismo que preferiría desterrar.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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Si me desconecto del dolor, me evado de la vida…

Cuando nos permitimos sentimos plenamente dolidos —y por mucho que esa admisión sea contraria al sentido común y amenace nuestro sentimiento egoico de orgullo —, dejamos de estar dolidos. En otras palabras, cuando el dolor de la ofensa se acepta profundamente, destruye el relato de que soy «el ofendido».
El conflicto de las relaciones empieza cuando no admito profundamente el dolor de la ofensa y entro en el relato de que soy «el ofendido», la víctima de la ofensa, lo cual, inevitablemente, me hará convertirte en «la persona que me ofendió», e, inevitablemente, empezaré a castigarte de un modo u otro…, a atacarte o a defenderme de un modo u otro de tu amenaza. Como víctima tuya, comenzaré a temerte.
Cuando se acepta profundamente, el dolor que siento no es el final de la relación, sino que empieza a formar parte de la relación. Puede incluso hacer que nazca una mayor intimidad entre nosotros; podemos encontrar el lugar donde amarnos mutuamente incluso en nuestro dolor respectivo. Cuando se acepta profundamente, el dolor no es el fin de nuestro amor. No se opone a nuestro amor; se le da cabida en nuestro amor. Nuestro amor es lo bastante vasto como para acoger cualquier cantidad de daño, cualquier intensidad de dolor. De modo que continuamos relacionándonos, seguimos juntos, incluso en presencia de esos sentimientos.
Sí, esta es la clave para abrirnos paso a través de todos los conflictos de la relación: si quiero estar conectado contigo en este momento, debo admitir profundamente cualquier dolor que aparezca. Esto contradice todo nuestro condicionamiento, que nos advierte que nos protejamos de la posibilidad de que nos hagan daño. Pero la actitud que me desconecta del dolor, la actitud que adopto para no admitir el dolor justo ahora, es la actitud que me distancia de ti. Cuando me desconecto del dolor, me evado de la vida. Y cuando me he desconectado de la vida, me he alejado de la persona que tengo delante, que es la vida misma también.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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Aceptación profunda y amor…

El conflicto termina cuando puedes escuchar a alguien desde una posición no defensiva, de aceptación profunda y amor, desde una posición que esté más allá del «yo tengo razón y tú no», una posición desde la que puedas honrar y permitir plenamente su experiencia presente de la vida, por muy absurdas o crueles que te suenen sus opiniones.
El conflicto termina cuando estás abierto a que se considere que te equivocas, aunque estés casi seguro de que eres tú el que lleva la razón. El conflicto termina cuando dejas de fingir que tienes todas las respuestas, y, en vez de eso, escuchas, escuchas de verdad.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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Cuando el pensamiento no concuerda con esa imagen…

Es muy extraño, pero cuando a los pensamientos violentos se les da permiso total para existir en nosotros, la violencia termina. La verdadera paz no está en guerra con la violencia. La pantalla de cine no tiene preferencias; todas las películas —la positiva, la negativa, la de amor, la violenta—, todas tienen permiso para representarse en la pantalla. Una película violenta no hace a la pantalla ser más violenta. La pantalla nunca se estremece, porque sabe que a todos los pensamientos se les permite proyectarse en ella.
Ninguno de esos pensamientos que rechazamos sería un problema si no tuviéramos tal empeño en dar determinada imagen de nosotros mismos: «Soy una persona pacífica», «Soy una persona positiva», «Soy una persona alegre», «Soy, todo yo, un amoroso ser de luz»… Bien, ¡magnífico!, pero esa imagen significa que entrarás en guerra con cualquier pensamiento que no concuerde con esa imagen.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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Un verdadero, un auténtico encuentro humano…

Cuando a quien está ante de ti se le libera de todas sus cargas —la carga de tener que ser quien te complete y la carga de ser quien puede amenazar tu completud—, se le libera de su estatus de gurú, se le despoja de su imaginario poder de completar a nadie. Y cuando esto sucede, finalmente puedes ver a esa persona por quien de verdad es. La lucha de poder entonces ha terminado, y es realmente posible un verdadero, un auténtico encuentro humano.
Cuando ya no te transfiero lo que necesito encontrar, soy libre de ver la completud que eres tú también. Puedo verte como eres. Puedo ver tus defectos humanos, tus fallos, tu debilidad, tu tristeza, tu dolor. Finalmente puedo amarte por quien eres, no por quien pensaba que eras o quien necesitaba que fueras. Puedo amarte en tu dolor, en tu pesar, en tus imperfecciones, en toda tu humanidad. Más allá de los roles y de los relatos, veo que tus imperfecciones son perfectas.
Si el buscador carga a su gurú con el peso de sus expectativas, también se carga a sí mismo con ellas. Porque cuando buscamos algo de alguien —ya sea un amante, un amigo, un terapeuta, un padre, una madre, un maestro espiritual o un gurú, o incluso un político, una celebridad o un líder—, le otorgamos un poder que nunca había tenido, y nos sentimos atados a ese poder, atados a esa persona de alguna manera, dependientes e incapacitados para irnos libremente de su lado. Parece que ejerza un extraño y desconcertante poder sobre nosotros.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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Somos Buscadores desesperados de amor…

Descubrir que, esencialmente, todo ser humano intenta volver a casa nos ofrece una manera nueva de entender el comportamiento de la gente a la que consideramos violenta, loca, abominable o cruel. Visto así, nadie es en realidad inherentemente malo, nadie es fundamentalmente distinto de nosotros. Hay personas que sencillamente buscan la completud de maneras desesperadas, y a las acciones destructivas que nacen de esa desesperada búsqueda las consideramos manifestaciones de «el mal».
Aquellos a los que calificamos de «malos» buscan en esencia lo mismo que buscamos nosotros, solo que, debido a su singular condicionamiento, a lo que aprendieron y vivieron al ir creciendo, al modo en que se los trató de niños, a las cartas que les ha dado la vida, la única manera en que pueden encontrar completitud ahora mismo es a través de la violencia. No sentirse profundamente completos en su experiencia presente, no percibir el amor inherente al momento presente, los convierte en buscadores desesperados de amor, y, en esa búsqueda de amor, entran en guerra con el mundo. En esa búsqueda de completitud, acaban destruyendo todo lo que les parece incompletud «ahí fuera», en el mundo.
Todo lo que consideramos malo en nosotros, todas esas olas de experiencia a las que no permitimos profundamente elevarse y caer, todas esas olas que son una amenaza para nuestra imagen de nosotros mismos, las proyectamos en esos a los que llamamos «nuestros enemigos», ahí fuera, en el mundo. Cuando intentamos herir o eliminar a nuestros enemigos, secretamente intentamos eliminar el mal en nosotros.
Cuando intentamos destruir la impureza de los demás, buscamos en realidad nuestra pureza. Cuando nos empeñamos en poner fin a la oscuridad de otros, secretamente buscamos la luz. Quiero destruir la incompletud que hay en ti porque secretamente quiero destruirla en mí y estar completo.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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El amor es en verdad incondicional por naturaleza…

El final de la búsqueda no es un desapego frío e inhumano de la vida, de los demás, de las relaciones, aunque esta pueda ser una etapa por la que alguna gente pasa en su viaje. El final de la búsqueda es la posibilidad de tener auténticas relaciones humanas, reales, despiadadamente sinceras, porque, cuando no hay búsqueda, cuando ya no esperas que otro ser humano te complete, cuando ya no necesitas manipular a los demás en beneficio propio, cuando ya no ves separación, eres libre por fin de poder escuchar de verdad a los demás, de encontrarte de verdad con ellos exactamente donde están, de ver, oír y entender realmente quién y qué está delante de ti. El final de la búsqueda abre un inmenso espacio donde puedes ser de verdad honesto en tus relaciones, y ya no tienes necesidad de esconderte detrás de conceptos espirituales como «no hay un yo» o «las relaciones son una ilusión»…, ni detrás de ningún concepto. Todos los conceptos se convierten en cenizas en la hoguera de la vida real, en los altos hornos de la intimidad.
Cuando reconoces quién eres realmente, eres libre de amar de verdad a la persona que tienes delante, sin miedo, sin tener que estar jamás a la defensiva. Descubres entonces que el amor es en verdad incondicional por naturaleza.

(Jeff Foster de su Libro La mas profunda Aceptación).

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